miércoles, febrero 04, 2009

Vuelvo a casa

Es un día hermoso. El cielo está azul y limpio, suavemente barrido de nubes por un viento frío y enfermizo, débil, sin apenas fuerza para acariciar mi rostro marcado por el dolor último: el dolor de la muerte. Una muerte brutal.

En el extraño amanecer invernal reconozco la ciudad y sus calles. A pesar del tiempo que ha transcurrido vuelvo a ver a toda aquella gente que dejé atrás, personas cuya vida y sentido desconozco. Pero sus miradas continúan siendo las mismas. Camino entre los edificios y todas las aceras se abren ante mí acogiéndome. El ruido ensordecedor del tráfico es ahora intenso. Todos marchan al trabajo. Pienso que mi casa no estará vacía. No me esperan pues no saben que hoy regreso, pero mi padre es ya viejo y mi madre no se separa de su lado.

El estruendo del motor de los automóviles queda lejos. Todo es aún más familiar. Me detengo ante un portal: un portal ante el que jugué miles de veces cuando era niño. Siento una dulce congoja, la felicidad de unos días cuya intensidad humedece mis ojos.

Penetro en la oscuridad del interior. Muy al fondo, las escaleras y el ascensor. Mientras subo un pensamiento fugaz me hace olvidar dónde estoy. Pero pronto vuelvo a recordar. Tengo la puerta frente a mí y no me es difícil franquearla. El piso está en silencio. Avanzo por el pasillo y dejo a un lado la habitación donde mi padre lee un libro y mi madre, como siempre hacía, ve la televisión sin sonido. Me detendría un momento, pero prefiero ver primero a mi hermana. Su cuarto aparece al final de la casa, tras un recodo del pasillo. Al coger el picaporte mi cuerpo se estremece. Lo sé porque es un movimiento reflejo que ha quedado grabado en mi memoria. La percepción lo identifica. Yo no lo siento.

Por la ventana sin cortinas contemplo de nuevo el brillante día, pero el cuarto está inundado de tiniebla: una negrura densa y pesada que me hace volver a un tiempo que lucho por olvidar. Mis ojos se acostumbran despacio y observo la desnudez de la habitación, con sus paredes blancas y sin muebles. Sólo hay una cama en el extremo opuesto, delante de mí. Ella está allí, con los ojos abiertos mirando hacia el techo, una nívea sábana cubriendo su cuerpo hasta los hombros. A su lado, me inclino apenas unos centímetros. Dos círculos negros, hinchados, rodean su mirada. Ellos la tienen en ese lugar desde mucho antes de que yo me fuera. Me inclino un poco más y tomo con suavidad la sábana. La aparto y su torso aún joven parece respirar. Es el mismo sudario manchado de sangre.

Al abandonar el nicho donde ella duerme noto que el pecho me quema. Paso junto a mi habitación con la puerta cerrada. En el salón encuentro a mis padres como les viera al llegar. Les contemplo unos instantes. Mi padre pasa una hoja del libro. El volumen al mínimo del televisor me lleva a rememorar las tardes de invierno que los cuatro pasábamos allí. Me deslizo por detrás de ellos y me siento a la mesa.

Del cuarto de mi hermana llega un leve jadeo que el silencio de la casa multiplica a lo largo de los rincones.

Mi padre deja descansar su mano derecha sobre la mesa. La cojo entre las mías, pero él la aparta para de nuevo llevarla al libro. No levanta la vista, si bien su mente divaga muy lejos de las páginas que no atenazan sus sentimientos.

- He vuelto - digo.

Mi madre se levanta para ir a arropar a mi hermana.

Abandono la habitación tras ella y me interno en el pasillo. La penumbra es pegajosa: se adhiere a mis miembros y no resulta fácil desplazarse entre ella. En el silencio mi mente se tranquiliza y en el enervamiento los recuerdos afloran uno por uno: sin dolor. Las cosas de este mundo ya no pueden dañarme.

Todo continúa igual en mi cuarto: nada ha cambiado desde mi partida.

Me acerco indiferente a la mesilla junto a la cabecera de mi cama. Allí está todavía la fotografía: mi retrato. Ahora no podrían hacérmelo. Muestro una sonrisa falsa, forzada, porque en aquellos días menos lejanos mi corazón ya estaba podrido. Mi juventud había muerto. Contemplo, sarcástico, que las marcas en el cuello eran bien visibles. Dos incisiones en su nacimiento que indicaban mi maldición. Por eso había escapado de casa: por eso había querido alejarme de ellos. Nadie podía prever el final de mi aventura, el brutal accidente que mató mi cuerpo pero dejó con vida mi alma errante. El ruido y el dolor fueron instantáneos. El fuego no llegó a consumir mi carne. Si alguno de aquellos hierros hubiera traspasado mi carcomido corazón no hubiera sido preciso regresar. El destino juega con frecuencia a ser irónico. Huyendo del hogar fui a dar con aquello que intentaba eludir a toda costa: buscando la salvación encontré mi muerte. Y como un hijo pródigo renacido de la tumba vuelvo a casa.

Escucho pasos detrás de mí. Me giro tan despacio que el tiempo se eterniza en un segundo. A ciegas escucho los gemidos. Camino lentamente porque sé qué voy a encontrar. Inclinada sobre su cama, arrodillada, postrada junto a ella, mi madre da su beso mortal de buenas noches a la yacente. Al alzarse brillan en su rostro los regueros de sangre. Un último y débil estertor estremece los labios de mi hermana.

- No temas: pronto estarás conmigo - le susurro.

Ella parece asentir, aunque sé que no puede oírme. Me siento a su lado y llevo mi mano a su frente. Por un momento creo que mi presencia podrá salvarla. Sin embargo, todo empieza justo en este instante: en mi casa hay un reloj que se ha parado y que ya nunca volverá a dar las horas.